Quienes niegan las vacunas no son estúpidos

[This article is also available in English. Thanks to Pensar for the Spanish translation.]

Ahora tenemos varias vacunas para el COVID-19. Han sido probadas adecuadamente. Son seguras y eficaces; y a medida que más personas se han vacunado, las tasas de infección, de hospitalización y de mortalidad han disminuido. La inmunidad colectiva puede estar a la vista. Vacunarse parece una obviedad, pero todavía hay muchas personas que se niegan a las vacunas. Un miembro de mi propia familia dijo: “No entiendo por qué alguien se niega a recibir una vacuna COVID-19”. Creo que lo entiendo, y creo que sería un error tachar a esas personas de estúpidas o llamarlas idiotas.

Un gobierno autoritario podría exigir vacunas y podría castigar a cualquiera que no cumpla o difunda información negativa sobre las vacunas. Pero vivimos en una sociedad democrática que valora la libertad de expresión y la autonomía personal. “No apruebo lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo”. Si simplemente caracterizamos el rechazo a la vacuna como “estúpido”, no tenemos ninguna razón para interactuar con los que se niegan. ¿Quién querría molestarse en escuchar sus estúpidas afirmaciones? Pero si tratamos de comprender sus razones para negarse, es posible que podamos comunicarnos con ellos e influir en algunos de ellos para que acepten la vacunación.

Quizás la mayor razón para el rechazo es la desinformación generalizada y las ridículas teorías conspirativas que han estado circulando. (¡No, las vacunas no colocan microchips de vigilancia en tu cuerpo!) Algunas personas todavía no creen que la pandemia sea real; creen que nos han mentido. Piensan que las máscaras son inútiles o incluso dañinas. Algunos piensan que el virus es inofensivo y que las vacunas están enfermando a la gente. No es suficiente corregir la información errónea proporcionando información verdadera, porque no tienen ninguna razón para pensar que la información verdadera es más confiable que la información falsa que están acostumbrados a escuchar. Existe una desconfianza en la ciencia y en las autoridades que será difícil, si no imposible, de superar.

Muchos de los que se niegan desconfían de las vacunas debido a la rapidez con la que se desarrollaron. No entienden cómo fue posible. Quizás una discusión exhaustiva de la ciencia subyacente y la forma en que se probaron las vacunas podría tener la posibilidad de hacerles cambiar de opinión.

Y luego está la política. La visión del mundo y la identidad de algunas personas están relacionadas con la pertenencia a un grupo político que minimiza la pandemia y rechaza el uso de máscaras. La presión de grupo y la necesidad de pertenecer al grupo pueden ser muy poderosas. Puedo entender pero no puedo perdonar.

Los grupos raciales minoritarios tienen menos probabilidades de ser vacunados debido a una combinación de desconfianza y falta de acceso. Conocen la larga historia de prejuicios raciales en la atención médica con incidentes como el fiasco del estudio de la sífilis de Tuskegee y las disparidades raciales que continúan hasta el día de hoy. Difícilmente se les puede culpar por desconfiar del sistema médico. Es probable que la confianza crezca a medida que vean que más de sus compañeros se vacunan y que los vacunados son ayudados en lugar de perjudicados.

Algunos de los que se niegan no lo hacen indefinidamente. Están esperando a ver qué les pasa a los demás. Esto es especialmente cierto para los padres que son reacios a vacunar a sus hijos adolescentes que ahora han sido aprobados para recibir la vacuna. Podemos llamar a eso incorrecto, y podemos llamarlo demasiado cauteloso; pero realmente no podemos llamarlo irrazonable.

Algunas personas temen que las vacunas puedan tener efectos adversos a largo plazo. Debido a que son tan nuevas, no lo sabremos en mucho tiempo todavía. El tiempo lo dirá, pero el peligro real actual de la pandemia supera con creces las especulaciones sobre la remota posibilidad de daños en el futuro.

Algunas personas que no han sido vacunadas en realidad no rechazan las vacunas. Algunos dicen que recibirán la vacuna si es necesario, por ejemplo, si es una condición de empleo. Algunos están postergando las cosas por miedo a las agujas. Un amigo de mi hija es un buen ejemplo. Sabía que debería vacunarse, pero siguió retrasándose. Lamentó profundamente su procrastinación cuando tanto él como su esposa contrajeron COVID-19 y terminó pasando una semana en el hospital.

Algunas personas no se han vacunado simplemente porque no han tenido una oportunidad conveniente. No quieren hacer el esfuerzo de buscar un turno para vacunarse, y no quieren perder su trabajo y sus ingresos. Seguramente hay cosas que la sociedad puede hacer para ayudar a esas personas.

Hay una razón válida para rechazar la vacunación, pero es egoísta. Si se vacunan suficientes personas en la comunidad, el riesgo de contraer la infección disminuirá para las personas no vacunadas. Mientras los demás se vacunen, los que no se vacunan no tendrán riesgo alguno en lo referente a posibles efectos secundarios. Ni riesgos y ni pinchazos. Esto tiene mucho sentido y es un argumento que se ha presentado con frecuencia como excusa para rechazar otras vacunas; pero es muy poco ético.

Así que creo entender por qué tanta gente se niega a vacunarse. Creo que su decisión está mal, pero no creo que sea una estupidez. Algunas de estas personas son inteligentes e informadas (aunque por lo general están mal informadas) y piensan que su razonamiento es válido (y a veces lo es). Están haciendo lo mejor que pueden con la información que tienen. Si entendemos de dónde vienen, es posible que tengamos la oportunidad de influir en algunos de ellos; otros permanecerán inalcanzables. El problema real se reduce a una sociedad dividida ideológicamente que ha perdido el respeto por la ciencia, por las autoridades e incluso por la verdad misma.

Pero hay esperanza. A medida que se vacunen más y más personas, se activará un efecto de arrastre. Muchos de los que actualmente rechazan la vacunación querrán unirse y hacer lo que ven que la mayoría está haciendo, especialmente cuando se den cuenta de lo eficaz que ha sido para reducir las tasas de infección y tasas de mortalidad.

Dr. Hall is a contributing editor to both Skeptic magazine and the Skeptical Inquirer. She is a weekly contributor to the Science-Based Medicine Blog and is one of its editors. She has also contributed to Quackwatch and to a number of other respected journals and publications. She is the author of Women Aren’t Supposed to Fly: The Memoirs of a Female Flight Surgeon and co-author of the textbook, Consumer Health: A Guide to Intelligent Decisions.

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